Algunas veces me he sentido el único engrane del planeta que funciona. Otras tantas, me siento oxidado, poco funcional y obsoleto. Me vengo a dar cuenta que muchas de las sensaciones que me invaden tienen un común denominador:
El Corazón.
¿Les ha pasado alguna vez?... en
una fracción de segundo sucede el hecho que nos lleva de la tierra al cielo y de regreso. Abrimos la boca, o actuamos, y de repente, se cayó el mundo al piso... y como seres humanos que somos, no leímos el manual de los corazones que vamos conectando a nuestra red, simplemente lo hacemos y ya.
Recordaba yo...UNA SEMANA SIN TI
Para ella, a quien llamar no me atrevo, para quien palabras no tengo.
Esperando en silencio a que vuelvas de nuevo conmigo…
Las gotas de lluvia son más libres que nada. Cuando deben caer caen, sin más trámite… se achatan contra el cristal de mi ventana y resbalan formando caprichosas figuras que mi imaginación desbordada va acomodando para iniciar cientos de fascinantes historias… incluso he apagado la luz para que los reflejos de los postes les den un matiz más delirante… ¡aquí va una grande!... por el otro lado, varias pequeñas se asocian y barren con la grande hasta hacer una pequeña manchita en la cornisa. De pronto me sorprendí de sentir los párpados pesados, los ojos calientes y la boca abierta en un bostezo enorme, como si toda la lluvia fuera a ser engullida por mí… si no estuviera el cristal de por medio. Debo reconocer que la lluvia me fascina. Esperé por estos aguaceros durante meses y finalmente han llegado, barriendo con su ejército de gotas todos los sinsabores de la quincena y entonces adjudico a ese hecho liberador de presión el sueño que me vence, y que también añoré por días y noches enteras. Me levanto de la silla, apago el cigarro que recién había encendido y con solo caminar hacia atrás encuentro el borde de la cama. Me deslizo bajo las cobijas y ese sentimiento de abrigo y de pertenencia me hacen sumirme más y más en mi somnolencia, sin embargo, me resisto a caer, pues me falta una pieza importantísima en mi ritual de la hora de dormir… pero ella no está aquí y, pues tampoco es hora de dormir, así que acepto tomar el descanso y mientras pienso en ella me arrullo… quién quita y así pueda estar involucrada en mis pasajes lúdicos por un rato delicioso...
Van pasando las horas, y siento que al fin llegarás…
Estaba soñando cosas muy extrañas… estaba tocando en sueños una guitarra deshecha, pero esa misma guitarra de pronto asumía dimensiones monstruosamente largas y tenía sintetizadores, secuenciadores y una infinidad de botones que no sabía ni para qué eran, es más, ni sabía de su existencia, ni la justificaba en el cuerpo de plástico negro de una guitarra inicialmente rota... pero yo la tenía entre mis brazos y le hacía la lucha por arrancarle alguna melodía que me hiciera quedar bien enfrente de ese público que había en mi sueño, pero obviamente me quedaba confundido y sin saber qué diablos hacer con ese gigantesco instrumento de tortura con seis cuerdas... entonces, le subí al volumen bajo la premisa de que “no toca bonito, pero al fin toca recio”, y le di el rasgueo y súbitamente la bocina del amplificador voló, junto con mis aspiraciones de rockstar y de paso llevándose al público... y junto con el público se fue el sueño que se supone debería ser encantador y había terminado con una monumental pifia, y me encontré manoteando en la cama, bañado en sudor, a pesar de que estaba lloviendo y haciendo frío, miré el reloj y me dí cuenta, horrorizado, de que el concierto de mis sueños se había prolongado fatalmente y que estaba siendo un estúpido involuntariamente... ella habría llegado hace dos horas y treinta y seis minutos a la puerta de mi casa, temblando, con un presentimiento horrendo clavado en la boca de mi estómago, tomé el teléfono y, pretendiendo ser tierno, le llamé. Sólo hubo un timbrazo del otro lado de la línea e inmediatamente una respuesta... Hola – le dije - ¿ya estás dormida? Su respuesta me heló la sangre, más aún cuando percibí en su voz el ligero temblor de quien está a punto de soltar una lágrima, y luego otra, y una más, hasta formar un diluvio a escala en aquellos ojos que tantas veces adoré al mirarlos de cerca... me levanté como impulsado por un resorte, me puse lo primero que encontré y volé a través de escalones y pasillos tan rápido que ni siquiera me enteré que la lluvia persistía...ah, la lluvia... que rápido se convirtió en un verdugo.
Borrarán tus palabras el tedio fatal de la ausencia… y al calor de tus besos, podré renacer.
Abrí la puerta tratando de mantener la ecuanimidad, muy a pesar de que estaba buscando en mi cerebro las palabras adecuadas para borrar de un plumazo el garrafal error que había cometido al dormirme tan rico y por tanto tiempo, pero me dí cuenta una fracción de segundo antes de mirar su cara, de que era un iluso por pensar que se olvidaría pronto una falta de tacto tan grande. Ni siquiera existió el beso entre los dos. Ese beso que dice sin voz que la extrañé, que había estado esperando con ansiedad el sentirla tan mía como la primera vez, el buscar en sus labios mi tranquilidad y mi sentimiento de ser amado, pero eso no sucedió. Pasó a través del mismo recorrido que hice apenas unos segundos antes y ahora sí que me pareció larguísimo, con una maraña de pensamientos locos y erráticos acerca de cómo podría yo reparar la falta cometida, pero –maldita sea- no se me ocurría nada... ¿qué podría decir?... entonces me di cuenta de que no son las palabras per se, sino el momento en que las sueltas y la acción previa, o la posterior, o la modulación, o el orden exacto de ellas, como en una canción. Entendí que no es lo mismo decir “te amo” justo después de hacer el amor y antes de caer vencido a su lado en la cama, que decirlo para maquillar mi sentimiento de culpa, así que no dije nada. Otro error. El silencio, sin importar cuán amodorrado estés puede estar diciendo exactamente lo que no quieres, o en mi caso, todo aquello que no atinas a decir. Tan es cierto que ahora estoy maldiciendo mi educación por no haber hallado esas frases mágicas, o mínimo correctas para decir “lo siento” como si acabara de dispararle por la espalda al Papa, pero no las hubo en ese momento. Y pareció que no importaba nada de lo que en ese momento saliera de mi boca, pues ella llegó directamente a recoger su ropa. Las prendas que deliciosamente me sugerían que llegó a pensar en anidar a mi lado, en iniciar de nueva cuenta su “invasión hormiga” en mi territorio. Todo fue a parar al fondo de una bolsa de plástico y desde ese mismo momento empecé a extrañar el olor de sus prendas, esa peculiar combinación entre suavizante aniñado y olor a ella, olor a mujer junto con sudor y morbo, todo junto y diseñado para dejar en mi piel una huella fragante que me decía que en el mundo había alguien que volvería para impregnarme cada noche con el perfume de su intimidad... un olor perfectamente hipnótico y extrañable, tanto así que mientras que lo recuerdo me siento vacío y huérfano de sensaciones mientras sollozo y hago monumentales esfuerzos por no desmoronarme... porque, después de todo, ¿cuál era verdaderamente el pecado mortal que yo había cometido?... ¿habría más en aquella reacción de ella, pasó algo que yo ignoraba y que mi siesta sólo había detonado su partida? Al igual que las palabras, las razones simplemente no acudieron a mi llamado.
Cuanta falta me has hecho en las noches de espera incesante…
Se fue. Solo atino a recordar que me dijo que cuando tuviera cómo, me traería las cosas que había sembrado mañosamente en su territorio para tener pretexto de volver a su lado cada vez que necesitara saber que alguien estaba en la misma frecuencia que yo... no, eso ya no volvería a pasar, según la interpretación que hice de su nariz roja y sus ojos llorosos mientras hablaba... ahí la importancia de las palabras y su estrecha relación con la manera de decirlas, eran palabras que yo había escuchado ya saliendo de sus labios, pero bajo ese cuadro, sonaban lapidarias, frías y sin un mañana. Yo simplemente me quedé quieto, esperando una razón, pero mi culpa me imposibilitaba para pedirla, y ella se encaminó hacia la puerta, y yo me sentía desesperado por no actuar, y ella bajó las escaleras y yo sentí que algo dentro de mi pecho saltaba en miles de pequeñas piezas rotas y usando un extraño método particular traté de que, apretando los ojos y la mandíbula, las piezas rotas no cayeran muy lejos de su lugar... por si había que unirlas alguna vez. Y entonces fue que desperté del todo. Ella ya no estaba y yo tenía náuseas y frío en las manos, sentimientos que se quedarían en mi cuerpo para ser testigos de que ella se fue en verdad y que eso no lo había soñado, de que ella dijo cosas incomprensibles para mi cerebro torturado, pero muy claras para mi corazón sobrecogido. Volví a la cama para comprobar que el sopor que dejé en la almohada se había ido también. Y que el calor de las cobijas lo acompañó quién sabe dónde. Ahí fue que lloré la primera vez en mucho tiempo. Llorar de verdad, llorar compitiendo con el torrente que se había desatado afuera, con la única diferencia de que mis gotas no chocaban con el frío y pulido cristal de la ventana, sino con mis manos heladas y mi cara, que desde ese momento se tornó triste y sigue presidida por unos ojos opacos que no he podido reparar y siguen taciturnos y descompuestos, apagados al no cumplir el propósito para el que fueron creados: Para arder en la oscuridad.
Cuantas cosas se pierden en una semana sin ti…
Llegó la mañana y me incorporé, embebido en la labor de separar la verdad de la ficción, preocupado por haber cambiado de nueva cuenta de vida en algún momento de la noche, pero el regresar a trabajar embozado por una alegría distante me hizo saber que seguía en la misma vida que había dejado antes de dormir, aunque ahora un poco más gris e insulsa. Lo tomé todo con filosofía a lo largo del día, hice de mis horas sin ella una especie de gimnasio monumental en el que me prepararía para cuando llegara el momento de tenerla enfrente de nuevo, y no tuve que esperar demasiado, pues vino un poco turbada aún a verme, pero las piezas de aquello que se rompió en mi pecho, a pesar de los esfuerzos, cayeron a considerable distancia como para simplemente olvidar lo ocurrido aquella noche, bajo la lluvia, en medio de un sueño extraño en el que me quedaba completamente solo, sin público para la ejecución de la guitarra enorme y sin ella, y automáticamente se echó a andar un irracional mecanismo de defensa en mi interior y fingí desinterés, pretendí serenidad mientras que ella me invitaba a comer, usando otra vez palabras conocidas, pero con una entonación implícita que me decía que lo ocurrido podría tener una explicación, una razón de ser. Pero el blindaje ya estaba activado, rechacé su invitación mientras una vocecilla en mi interior me exigía que la tomara entre mis brazos y no la dejara irse sin que vaciara alguna palabra clave que desactivara mi mecanismo irracional de defensa. Pero eso no ocurrió. Me quedé sentado, comprobando así que mi blindaje funcionaba, pues seguí trabajando como si nada, incluso estuve ahí, siendo amable, gracioso y hablando de cosas de manera automática mientras adentro, en mi pecho, se había desatado el diluvio, removiendo los pedacitos de aquello que se me había roto, cambiando caprichosamente su orden, haciendo casi imposible su restauración... ¡pobre de mi!... tan pronto me encerré de regreso en mi cuarto, las compuertas de la cara se abrieron y volví a llorar, drenando todo un mar de pesar y de desconcierto... después de todo, mi sistema de seguridad parece desactivarse cuando estoy solo y lejos de la vista de los demás. Es verdad, tanto que aquí estoy, sentado, fumando y escribiendo, con las compuertas abiertas de par en par. ¡Maldita sea mi educación!
Pero a veces quisiera volver a sentirte tan lejos…
Más o menos así han sido mis días desde entonces. Ya no me animo a llamarla. Me da miedo percibir el temblor de su voz, me aterra reconocer algún síntoma que revele que en realidad yo era prescindible para ella. No quiero darme cuenta ahora de que todos los sueños, que toda aquella fantasía que inventé para tenerla cerca siempre fue parte de algún sueño inconcluso. Pensar que en alguna ocasión desperté antes de tiempo y se quedaron en el aire partes fundamentales para seguir disfrutando de la felicidad y de la pertenencia. Hace unos días estaba sentado en el centro de la ciudad. Entonces la vi venir, caminaba y miraba para todos lados, entonces volví al blindaje y me eché a andar en sentido contrario a ella, a pesar de que aquella voz, sobreviviente a las constantes inundaciones en mi pecho estaba diciéndome que volviera sobre mis pasos a mirarla de frente y que simplemente dejara salir las palabras, entonando y modulando de manera que se diera cuenta de que me dolía hasta respirar si no me volvía a abrazar, pero no fue así, caminé y caminé huyendo, sin saber a ciencia cierta si ella me habría visto, qué habría pensado y si ella tenía la frase que me hiciera caer de nuevo rendido a sus pies. Me encontré a una conocida y empezamos a platicar, quería que me viera, que se diera cuenta de que nada anormal había en mi vida, que igual y la pasaba muy bién sin ella. Soy un tarado, infantil y necio, ¿qué me costaba reconocer su importancia en mí?... ¿qué más da si me rechazaba y de una buena vez me despertaba de aquel sueño de volumen alto e instrumentos monumentales?... estoy aquí. Escribo y me odio por no tener el valor de juntar mis piezas desperdigadas a lo largo y ancho de mi corazón, o tal vez es sólo que no sé hacerlo solo, que el hecho de escribir esto tiene la finalidad de hallar las palabras que me desactiven el blindaje y no tema abrirme de nuevo cuando la vea, que pueda mirarla y tratar de arrancarle una palabra bonita, muy bien dicha, gesticulada como diciendo que ha sido mi culpa el tiempo perdido y que la entone diciéndome entre líneas que ella también me ha extrañado mucho y que todavía conserva un asomo de pasión por agarrarme y besarme... pero la palabra clave no llega. Ya casi amanece y de pronto me doy cuenta de que no sé si en verdad estoy escribiendo... ¿Qué tal que estoy soñando que escribo?... ¿y qué si nunca vuelvo a escucharla hablando y me quedo trabado y bloqueado?
Porque nunca te tuve tan cerca… de mí.
Ya comenzó a llover afuera. Ya no me quiero embelesar con las gotas de agua que resbalan interminablemente por el vidrio. Tampoco quiero soñar la continuación del intento de tocar con el escenario vacío... a decir verdad no quiero hacer nada. El café no destila vapor por aquí. Tampoco hay música. Sólo quedé yo, con un sueño extraño, con una guitarra enorme, negra y rota que se alarga para hacerme quedar como un autista musical, con unas palabras que nunca se dijeron, con muchas piezas perdidas de algo que se rompió dentro de mi pecho y que no consigo restaurar y con un mecanismo de seguridad trabado, que sigue abriendo las compuertas cuando estoy solo, y por lo que veo, se abren más cuando cae la noche y comienza a llover. Yo lo sé, soy un ególatra que trata de equipararse a la lluvia, aún cuando sé lo imposible de esta labor... yo sólo tengo dos ojos para derramarme y ella tiene miles de gotas que forman figuras caprichosas en los vidrios de mi cuarto. Cuarto que se mira vacío sin los trapos que ella acostumbraba ponerse antes de dormir, trapos que sudábamos juntos, sudor que no llega porque estoy helado y me resisto a meterme bajo las cobijas para no percibir con horror que su aroma se está yendo lentamente de ellas, dejándome simplemente el olor a sal de los torrentes que se han salido de mi cara para demostrarme que me está doliendo su ausencia, que mi corazón parece que se ha detenido en aquel instante en que tronó la bocina que soñaba, al tiempo que corrí a abrirle con ese ruido desafinado aún vibrando en mis oídos, confundiéndome, sacándome de la realidad en la que ella había venido temprano y yo me había quedado dormido por mirar la lluvia en la ventana, dejándola que se mojara en la calle, para luego irse con la bolsa de plástico llena de ropa que ya tenía un lugar aquí, en mi cuarto, en mi vida, en mi corazón. Ahora terminé por entender que ya han pasado varios días y no consigo terminar de juntar los pedazos de aquello que se rompió... y no puedo concentrarme en su restauración con toda esa lluvia golpeando la lámina del techo con furia... y yo me suelto a llorar más fuerte todavía... aquel sonido de gotas emula el aplauso que nunca llegó mientras yo tocaba una guitarra monstruosa y complicada, en un sueño que me costó que ella se fuera, llevándose un montón de trapos... ¿Ya dije que extraño mucho su olor en mi cama?. Y entonces lloro, lloro... lloro...
Hace ya tanto de esta semana, que se me hace francamente idiota seguir rondando los días. Y hoy es viernes.