noviembre 23, 2007

Perlas Saladas.

Para quien nunca se me acaban las palabras.

Solamente recuerdo oscuridad al principio. Recuerdo sombras vagas y latidos que retumban en mi cabeza y en mi pecho... tú estabas ahí conmigo, pero iba poco a poco corriendo el velo oscuro, descubriendo tu cuerpo, separando tu respiración de la mía, que en un principio sonaban como una sola... eras tú y me desperté de un salto, incorporándome de la cama como un zombie. Fui directamente a la ventana a cerciorarme que no estaba lloviendo y a ver la luna enorme que estaba presente en mi sueño... y ahí estaban, ambas a centímetros de mi aliento que formaba figuras en el cristal. La luna y la lluvia.

Me descubrí desnudo, empapado de sudor y temblando de frío. Tenía las manos heladas y las piernas parecían doblarse de un momento a otro sobre el azul del piso. Pero estaba seguro que no estaba solo. No podías haberte ido tan rápido. Hay una pequeña frontera entre el sueño más profundo y la realidad. Un pequeño espacio en el que tu saliva sigue estando sobre mí, en el que siento un dolor delicioso clavado en la espalda, donde sentía tus pequeñas manos apretándome en medio de una serie de terremotos a escala en tu vientre blanco y caliente... me di la vuelta y empecé a caminar muy lentamente, como evitando que se acabara de escurrir el néctar tuyo de mi piel. Intentaba recrear cada momento de un sueño terriblemente real y telúrico. Y sentí que eres en verdad mi cómplice en el menester de llegar al clímax, con tal intensidad, que está convertido en pequeñas perlas desperdigadas. Me siento unos minutos tratando de disipar lo que no es necesario en mi cabeza e inmediatamente queda tu recuerdo en calidad de indispensable.

¿Qué hora es?... ni siquiera atino a mirar todos los despertadores sincronizados que tengo frente a mí. Me agarro los ojos con las manos y tengo infinitas ganas de estallar en sollozos. Estaba soñando. La pequeña lamparita arroja una débil luz azul sobre mi cuerpo y estoy hecho un ovillo en la silla de plástico. A los lados de mi cintura hay un latido persistente, en mis brazos están tus manos crispadas y en mis labios todavía puedo probar el almizcle de tu entrepierna y ni siquiera el cigarrillo encendido y abandonado en una esquina de la mesa puede hacer que deje de lamerme los labios una y otra vez buscándote. Creo que ni siquiera estoy pensando al tiempo que escribo ahora mismo. No soy yo en plena conciencia el que teclea, simplemente estoy yéndome, empezando desde adentro, hasta donde tú duermes. Me basta con cerrar los ojos y apretarlos con fuerza para regresar a aquel lugar en el que estaba descubriéndote a mi lado.

La oportuna visión de tu cuerpo desnudo ha bastado para hacer de tu piel una ciencia exacta, una cuestión de instintos de conservación, de recordarte exactamente como eres para no enloquecer buscando detalles perdidos en esta noche de placeres oníricos, pues mi mente no te inventó nada que no tengas, ¡eras tú!, con todas y cada una de tus curvas, con tu pelo sobre tu cara, con tus manos delicadas prendidas a mí, con tu pecho inflamado y tus piernas demandantes. Por eso no hubo ninguna sorpresa, solo te abrazaba, besándote como un loco, recorriéndonos con las manos ansiosas y frotándonos las piernas el uno al otro, saborearte con todos mis sentidos, escucharte gemir despacito mientras mi cabeza va bajando hacia tu ombligo. Recorrerte, encontrarte, disfrutarte de todas las maneras posibles es ahora una necesidad y no solamente un momento. Estoy prendido con todas mis fuerzas a tus caderas y ni siquiera los movimientos involuntarios de tu cuerpo logran hacerme ceder, quiero comerte, beberte, untarte en mí, olerte y llevarte para siempre adherida a mi cuerpo. Hay un grado casi demente en la manera en la que te entregas a mí entonces, dejándome saciar todas las horas de ausencias, de fantasías que simplemente no logro completar si no estás entre mis brazos, como en esta ocasión. Me siento estallar, la sangre se agolpa y palpita, duele. Entrar en ti no es nada fácil. Entiendo aún en medio del delirio que será mágico y voy sintiendo el abrazo de tu carne en mí, lento, caliente, mojado, demencial. Vienes a mi encuentro y tus pequeños tirones me llevan directamente al centro del placer más exquisito y sublime que he acariciado en mi vida. Mis ojos se llenan de lágrimas por un momento, pues no puedo siquiera decir algo que me recuerde quien soy, pues simplemente soy una persona que está fundida con otra, perdiéndose en ti, irremediablemente. Quiero decirte mil veces me siento morir, pero mis manos están hablando de una manera más convincente que la que yo pudiera alcanzar... tu cuerpo me habla, tus ojos me traspasan con una intensidad que se han quedado grabados con fuego en mi cabeza... eres solamente mía en un mundo de millones, mía en un momento que no sé cuánto más va a durar y aún así no tengo prisa... me doy el tiempo de ponerme detrás de ti y besar tu espalda, de poner mis labios en sitios que te hacen estremecer. De detenerme a acariciar todo cuanto mi vista abarca. Tomar el tiempo del mundo para volver a penetrarte, rodear tu cuello y besar tu pelo, hacer un silencio solamente para sentirte respirar... estar juntos, metidos en una cadencia increíble, en un espacio que se hizo mucho más claro ante la vista de tus pechos, de tus pies, de tus hombros... puedo incluso moverme muy despacio para sentir la calidez de tu cuerpo. Pero necesito de pronto tener tu cara frente a la mía, besarte hasta quedarme quiero, acompañarte a la cima del placer sin dejar de probar tus labios, embriagadores e inundados.

¿Todavía estoy dormido?... me pregunto, y es que los temblores no se han ido de mi cuerpo, parece que me demandan más de la visión tuya, más de tu sudor y más de tu piel. Estoy atado al potro del tormento carnal, contigo a horcajadas encima de mí, dejando que te hartes de mí, que te lleves de mi cuerpo lo que quieras, pero más que ser complaciente estoy exigiéndote más, más de ti, de tu vientre que aprieta y no permite recesos de ningún tipo. Aprieto fuerte los músculos para no terminar así, aunque ya no puedo más y me he hinchado los labios de no gritar, pero tu estás allí, moviéndote, cabalgando en la pasión y yo quiero que ese momento dure toda la vida, no sé qué gran proeza he hecho que me hace merecedor de estar dentro de ti, lo que sé es que no quiero que se termine, no sé cómo es que estoy así, contigo, en qué momento me hiciste tuyo y en que momento tomé posesión de ti, pero así es y las preguntas se me hacen estúpidas cuando siento que voy a derramarme... trato de evitarlo, pero la visión de tu cara, excitada, sudorosa, extasiada, me hace abandonarme. Cuando te escucho gemir con más fuerza, cuando siento que estás en la misma situación que yo, cuando siento que el abrazo que nos damos al llegar al orgasmo juntos va a ser más fuerte que la vida misma... estoy parado enfrente de la ventana. Y por esa ventana tienes que haber salido, como una exhalación, silente e inmediata, pues las sensaciones no pudieron irse tras de ti y están todas corriendo en tropel por mi vientre, buscando consuelo... yo no sé ni siquiera qué decir. Reparo en el detalle de las perlas en mis piernas, en mi cama, en el piso... me agacho y las toco con los dedos. Tú estabas aquí, conmigo. Y de pronto, ya no tengo ganas de llorar, ni de recordar los detalles una y otra vez. Tú estabas aquí y pude entregarme completamente. Pude hacerte sentir lo que yo mismo sentí y eso me hace la persona más especial, endurecida, mojada y salada del planeta. Sin hablar, tomo mi toalla y me voy a dar un baño de agua fría... quiero estar limpio y resplandeciente para cuando regreses... y lo harás una y otra vez. Me siento especial.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No se cuantas veces lo he leído desde que lo encontré, una vez mas no me gustó, me encantó, lo adore y me estremecí...... por cierto, me regalas una copia? y si no me lo regalas de todos modos ya me quede con una :)

violetazul dijo...

Hay sueños mucho más reales que la propia realidad..
Si el recuerdo vuelve a tí.. revívelo cada vez..
Besos

Ya no soy yo. dijo...

¡sácotelas!